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La encomienda

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La encomienda fue una institución existente desde la Edad Media en Castilla en la que los reyes, a través de los maestres de las órdenes militares, concedían territorios, rentas y privilegios a una persona, normalmente como premio por alguna victoria militar o algún servicio especial. Es decir, fue una herramienta con la que los reyes no solo mantenían contentos a sus partidarios sino también lograban con ella fijar la conquista del territorio recientemente lograda y repoblarlo, en caso de ser necesario, trasplantando población voluntaria. Estos habitantes pasaban a tener con el nuevo señor una relación de dependencia personal en la que recibían de él unos servicios o beneficios a cambio de su trabajo y sus tributos. La relación del comendador con la población no era de esclavitud ni vasallaje pero le debían obediencia y lealtad. 

La principal función de la encomienda era la de resolver un problema inmediato derivado de la conquista de un nuevo territorio: el de ponerlo a funcionar económicamente y que rindiese tributos. De ahí que en sus orígenes fuese utilizado en los territorios conquistados durante la Reconquista en la Península Ibérica y posteriormente en la conquista de América. El comendador tenía numerosos derechos sobre su encomienda pero no era su propietario y además también tenía el deber de cubrir los gastos que generase y mantener al clero y los militares establecidos en ese territorio.

Desde el punto de vista de la propiedad, como decíamos antes, la encomienda seguía perteneciendo a la corona pero el usufructo y la explotación se concedía al encomendero. Si este incumplía los objetivos y deberes que se le habían puesto le podía ser retirada y concedida a otra persona. No fue una institución cerrada y rígida, al contrario, a lo largo de su existencia fue legislada y modificada según lo que exigían los tiempos, las circunstancias y los lugares.

La encomienda en América

Cuando los primeros conquistadores y exploradores españoles llegaron a las Indias en la última década del siglo XV se encontraron con que disponían de inmensos territorios para explotar pero ellos por sí solos no podían, necesitaban urgentemente mano de obra local para poner la empresa a funcionar. Los nativos se resistían a trabajar para ellos y huían a los montes. Si esto seguía así la ruina sería inmediata.

En la primera isla conquistada, la isla Española, Cristóbal Colón para reunir mano de obra tomaba directamente los indios y se los entregaba, mediante el llamado Repartimiento, a sus capitanes o personas más cercanas en régimen de esclavitud, es decir, el indio era propiedad del conquistador y podía disponer de él a su gusto. Cuando esta noticia llegó a Castilla la reina Isabel de Castilla protestó y prohibió esclavizar a los indios ya que, según ella, eran sus súbditos al igual que lo eran los castellanos o los extremeños. Esto empeoró más si cabe el problema de la explotación de los nuevos territorios. Por ello cuando el nuevo gobernador Frey Nicolás de Ovando llegó a la isla en 1502, llevaba instrucciones bien claras de los reyes para implementar la encomienda y de esa manera obtener la tan necesaria mano de obra local, pero sin esclavizarla, asalariada y que por su trabajo recibiría a cambio unos servicios por parte del encomendero.  Pero claro, este trabajo era obligatorio y el indio no podía negarse, tras estas fórmulas legales se esconde un trabajo forzado pero suavizado por unas condiciones que también tenía que aceptar.

Hay que tener en cuenta una característica de la encomienda respecto del Repartimiento colombino y es que éste, cómo decíamos antes, entregaba nativos en propiedad y para siempre, sin embargo la encomienda era una concesión real limitada en el tiempo y en el espacio, y esta podría cancelarse en el caso de que el encomendero actuase contra las instrucciones o normas aplicables a su encomienda.

Es decir, mediante este sistema, el encomendero se hacía cargo de los indios encomendados y a cambio de su trabajo él les tenía que dar protección, educación y evangelizarlos en la religión cristiana. También se encargaba de recaudar entre sus indios el tributo que normalmente se quedaba como resultado de la explotación de la encomienda, amén de lo producido que podía comercializarlo. El tributo podía ser liquidado en forma de metales, alimentos o productos variados ya que los nativos no solían disponer de dinero en metálico excedente.

Normalmente el encomendero no tenía contacto directo con sus indios sino que lo hacía a través de la mediación del cacique de la comunidad o comunidades nativas situadas en el territorio de la encomienda. Dicho cacique contaba con ciertos privilegios para tenerle contento y colaboraba activamente en el funcionamiento de la encomienda gestionando y organizando a sus miembros para que cumpliesen con sus deberes.

A lo largo de su existencia la encomienda fue variando en sus características y también dependiendo del lugar en el que estuviera. No eran iguales las encomiendas antillanas originales que las que se concedieron en Nueva España o en el Perú en años posteriores. Según las necesidades de la corona o las circunstancias del momento los encomenderos tuvieron más o menos poder en su sociedad local o pudieron obtener más o menos beneficios.

Abusos

Como en todo sistema humano nada funciona del todo bien y hay que ajustarlo y vigilarlo. La encomienda resolvió muchos problemas pero trajo otros nuevos. Gracias a ella la conquista de América empezó a lograr beneficios: empresas que funcionaban, tributos a la corona, aumento de la producción, desarrollo de la nueva sociedad hispanoamericana. Pero por otro lado algunos encomenderos abusaron y se aprovecharon de la debilidad de los nativos a los que hacían trabajar más horas de lo aprobado por la corona obteniendo así de forma inhumana mayores beneficios. Estos hechos fueron denunciados por religiosos que levantaron su voz contra esta injusticia, llegando estas noticias a oídos de los reyes españoles, que intentaron mediante una legislación muy tupida controlar y castigar dichos abusos y hacerle la vida lo mejor posible al encomendado.

En 1512 el rey Fernando II de Aragón aprobó las Leyes de Burgos en donde se aprobaron nuevas disposiciones que dejaban bien claras las funciones y obligaciones de los encomenderos con respecto a los indios y los derechos y obligaciones de estos.  Unos años después, ya bajo el reinado de Carlos I, se aprobaron las Leyes Nuevas de Indias en las que se prohibía la concesión de nuevas encomiendas y las que ya existían no podrían ser heredadas, se reducía significativamente el tributo indio y se abolía cualquier tipo de trabajo forzado en las Indias. Estas drásticas medidas provocaron una rebelión de los encomenderos del Perú capitaneados por Gonzalo Pizarro que hizo al rey derogar el artículo 30 que versaba sobre el carácter hereditario de las encomiendas, dejando que existiesen pero bajo otras formas más suaves.

Fuentes:

Alfonso García Gallo. El Encomendero Indiano. Mundo Hispánico.

Jesús García Moreno. Una institución indiana: la encomienda. Tesis 2017. 

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