Arresto de Moctezuma en su propio palacio
13 junio 2011
Etiquetas: aztecas • Carlos I • colonización • conquista • Hernán Cortés • méxico • siglo XVI
Los soldados españoles ya llevaban varios días alojados en el palacio del padre de Moctezuma sin hacer prácticamente nada. Esta calma y tranquilidad les traía malos presagios. Pudieron ver que a pesar del buen ambiente existente con el emperador azteca un cambio de opinión de éste podría terminar con ellos casi sin esfuerzo, estaban encerrados dentro de su palacio a su merced y con una sola orden podía lanzar contra a ellos a miles de soldados aztecas.
Trasladaron estas inquietudes a Cortés, que les dio toda la razón pero les recordó que su misión era esperar a que Moctezuma pacíficamente aceptase la autoridad del rey y la religión católica, razón principal por la que se encontraban allí.
Los capitanes de Cortés, impulsivos y acostumbrados más al uso de la violencia que de la diplomacia, le propusieron detener a Moctezuma y utilizarlo como escudo humano ante un probable ataque azteca. Cortés no rechazó el plan pero les invitó a esperar un poco más para ver cómo se iban desarrollando los acontecimientos.
Un par de días después llegó la escusa perfecta para la ejecución de ese plan: una carta recibida de Veracruz detallaba el asesinato por parte de un ejército azteca del alguacil mayor Juan de Escalante, de seis soldados y de un gran número de indios totonacas. El enfrentamiento fue provocado porque los recaudadores mexicas exigieron en una ciudad cercana el pago de tributo y un número indeterminado de jóvenes para su sacrificio pero los lugareños respondieron que el emperador les había retirado dichos tributos y no tenían derecho a exigírselo. Los españoles de Veracruz fueron a auxiliar a sus aliados con el trágico fin ya relatado.
Tomada la decisión de detener a Moctezuma pasaron gran parte de la noche previa rezando y pidiendo ayuda divina. Al amanecer Cortés y cinco de sus capitanes (Pedro de Alvarado, Gonzalo de Sandoval, Juan Velázquez de León, Francisco de Lugo y Alonso de ívila) junto a sus dos traductores partieron armados al palacio del emperador. Normalmente iban armados por lo que éste hecho no llamó la atención de nadie. Tan sólo de ver el emperador el semblante de los españoles se dio cuenta de que algo grave ocurría. Cortés, por mediación de doña Marina, le narró los terribles hechos ocurridos en Cempoala y le pidió explicaciones por haber mandado atacar a unos aliados suyos. Y que por ello se lo llevaba al palacio de su padre en donde los soldados le guardarían. Moctezuma gritó que él nunca había mandado tal cosa y que inmediatamente enviaría unos capitanes para averiguar qué había ocurrido exactamente. Se negó en redondo a ir junto a los españoles a su palacio pero tras hablar con doña Marina y ver la decisión que de ello tenían los capitanes accedió a marchar con ellos.
En el palacio no le faltó de nada al emperador, podía recibir visitas de sus súbditos y era atendido por sus criados y mujeres sin ningún problema ni oposición. Pero aún así los ánimos en la gran ciudad mexica se estaban exaltando. Esta maniobra de los extranjeros no había gustado nada a muchos militares y familiares del emperador. En sus visitas le proponían acabar con los españoles y así liberarle, pero para calmar los ánimos les dijo que él estaba allí por su propia voluntad y que no había nada malo en ello. Lo peor que le podía ocurrir era que se produjesen alborotos y levantamientos en Tenochtitlán en esos momentos, había que mantener la calma y ver a dónde iba a parar todo aquello.
En el norte del gran lago de Texcoco varios caciques, entre ellos un sobrino de Moctezuma, se reunieron para saber qué hacer ante la pasividad del emperador con los españoles. Según ellos se había dejado capturar y actuaba como si le hubiesen hipnotizado dando siempre la razón a los extraños y accediendo a casi todas sus peticiones. El sobrino, llamado Cacamatzin, era el más belicoso, quería matar a los españoles y hacerse con el poder de Tenochtitlán pasando por encima de su propio tío. Esta radicalidad fue lo que hizo ser más prudentes a los demás caciques, por aquello de no meter la pata. Todas estas noticias llegaron a oídos de Moctezuma que ordenó detener a los rebeldes y llevarlos a su presencia.
Una vez pacificadas esas ciudades rebeldes Cortés le exigió a Moctezuma que reuniese a todos los caciques de sus reinos y en una magna ceremonia rindiesen pleitesía y obediencia al gran emperador Carlos V consiguiendo así tenerles bajo su disciplina. Moctezuma les conveció argumentando que esta era la voluntad de los dioses que ya habían avisado que en esa época y procedentes de donde nace el sol llegarían otros hombres para tomar el poder de los mexicanos y que ante esto poco se podía hacer. De esta manera tanto sus caciques como él pasaron a pagar tributo al emperador español marcándose gran cantidad de oro, joyas y otros objetos de valor.
Eso sí, el tema religioso ya era harina de otro costal. Cortés rodeado por sus capitanes le exigió a Moctezuma que retirase sus ídolos del templo mayor y dejase colocar allí una cruz y una imagen de la virgen a lo que el emperador, muy afligido porque sabía que este tema era muy sensible, le respondió que lo consultaría con sus caciques y sus sacerdotes, cosa que hizo y, como era de esperar, obtuvo respuesta negativa, es más, fue la gota que colmó el vaso de la paciencia mexica, que a partir de aquí comenzó a preparse para atacar a los extranjeros.
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