Alonso de Ojeda en busca del Cibao
11 Febrero 2010
Etiquetas: Colón • colonización • Conquistadores • Expediciones • siglo XV
Una vez fundada y comenzada la urbanización de la Isabela se imponÃa conseguir resultados, encontrar ese oro que el Almirante habÃa esperado que Diego de Arana y sus hombres del Fuerte Navidad hubiesen encontrado mientras esperaban su regreso, pero este plan se habÃa ido al traste, por lo que tendrÃan que ser ellos mismos los encargados de buscarlo. Colón querÃa enviar emisarios lo antes posible a Castilla con buenas noticias sobre oros y grandes descubrimientos.
Escogió para la primera expedición a un joven y hábil capitán extremeño, D. Alonso de Ojeda, junto con otros quince hombres más para internarse en la isla en búsqueda de esas montañas de la que tanto le habÃan hablado los indÃgenas. Calculaba que no debÃa de encontrarse lejos, a unos cinco o seis dÃas de marcha hacia el sur. También se organizó otra expedición comandada por Ginés de Gorbalán, si bien no ha quedado constancia ni ningún dato reseñable sobre esta última.
La expedición de Alonso de Ojeda partió a principios de enero de 1494 dirigiéndose hacia el sur, atravesando durante los dos primeros dÃas tierras solitarias. Todos los indios huÃan ante el paso de los españoles. Tras subir una sierra descubrieron una amplia y bonita meseta a través de la cual fluÃa el caudaloso rÃo Yaque del Norte, decidieron pasar allà la noche. Al contrario que los huidizos indÃgenas más cercanos a la costa en esta zona fueron muy hospitalarios en todos los sentidos: no sólo atendiendo en las necesidades de agua y comida sino también informando por donde debÃan de marchar y cómo hacerlo para llegar al Cibao.
Vadearon muchos rÃos y llegaron a unas montañas que debÃan de ser las que franqueaban los lÃmites del Cibao. En todo este tiempo no hubo noticias de Caonabo, cacique del Cibao, atacante del Fuerte Navidad. Tampoco tuvieron noticias de las grandes ciudades repletas de inmensas riquezas que Colón les dijo que verÃan, ya que él seguÃa en sus trece de que se encontraban en Cipango, nombre fonéticamente muy parecido a Cibao. Pero nada habÃa cambiado, siguieron viendo lo mismo que en la costa: indios desnudos que vivÃan en pequeñas tribus.
Encontraron pequeñas cantidades de oro en los torrentes y en las arenas de la montaña, suponiendo que enterrado bajo la tierra habrÃa grandes vetas pero no pudieron comprobarlo. También, como dato positivo, pudieron contemplar maravillosos paisajes de magnÃfica naturaleza y de riquÃsimos y variados vegetales, asà como graciosos y bonitos pajarillos que entonaban canciones de muy diversos tonos.
El 29 de enero de 1494 regresaron exultantes a La Isabela y contaron ansiosamente todo lo que habÃan visto, análogamente a lo que narró Gorvalán de la otra expedición. Estos testimonios entusiasmaron a Colón que rápidamente, a pesar de encontrarse enfermo, dispuso la partida de doce carabelas a España con estas buenas nuevas y una nueva ración de esperanzas e ilusión que transmitir a los reyes, pero realmente seguÃa igual que al principio, todo eran suposiciones e indicios pero no habÃa nada de nada.
Colón redactó un largo memorial que entregó a Antonio de Torres para que leyese a los Reyes Católicos en el que narraba lo acaecido y encontrado en la Española, las nuevas esperanzas que se abrÃan y una larga serie de peticiones de abastecimientos, hombres y herramientas para continuar con la colonización de la isla.
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